miércoles, 25 de enero de 2017

NEBULA LACRIMAM…


Nebulosa lágrima
que resplandece en tus ojos…
¡Qué lánguida se deja caer…!
¡Cómo enciende tu mejilla…!

Cristalina mirada
que hasta mí se acerca…
¡Qué dulce en su susurro…!
¡Qué pudorosa en su reclamo…!

miércoles, 18 de enero de 2017

LA LEYENDA DE LA LUNA DE OTOÑO


“El ser humano que no ha amado apasionadamente
ignora la mitad más hermosa de su vida”

Stendhal (1783 – 1842)


Cuentan con obstinada gravedad los vecinos de los alrededores que no se trata de una leyenda, que la remota aldea de Iverdane es tan real como el lago que se encuentra a sus pies. Sin embargo, son muy pocos los viajeros que han podido llegar hasta tan inaccesible lugar de los Alpes, entre montañas y selvas. Según se cuenta, no regresaron todos los que llegaron hasta allí y, de los que lo hicieron, ninguno quiso hablar jamás de lo que vieron.

Después de arduas averiguaciones he podido tener conocimiento de los extraños sucesos que parece ser que ocurrieron hace cientos de años, sin poder precisar exactamente cuánto, si bien se tiene referencia de que esta historia fue contada por trovadores en los tiempos en que el prodigioso Francesco Petrarca cantaba a su amada Laura de Noves mientras que el grandioso Dante Alighieri hacia lo mismo con su adorada Beatrice Portinari.

Según cuenta la leyenda, dos jóvenes se enamoraron con tal ardor que el pecho les quemaba noche y día, a la vez que sufrían de constante melancolía cuando no podían compartir su tiempo. Ella, Elisa Schell. Él, Uwe Kleiber.

Un buen día llegaron hasta la aldea unos soldados exigiendo que se cumpliera la leva que obligaba a toda la comarca en tiempo de guerra. Uwe fue reclutado a la fuerza y los dos jóvenes se vieron tristemente separados sin que pudieran hacer algo al respecto. Antes de partir, se prometieron amor eterno: Elisa esperaría el regreso de su amado.

Pasaron los años y los soldados fueron regresando a medida que las hostilidades cesaron. Elisa esperó y esperó, siempre en vano, pues su amado ni aparecía ni daba señales de vida. Nadie pudo certificar su fallecimiento, sin embargo nadie había podido saber cosa alguna de él, por mínima que fuera.

La joven, cada otoño recogía una hoja amarillenta de haya y la guardaba en su cofre de madera. Su desánimo crecía con el paso de los años mientras la pequeña urna se iba llenando.

Tiempo después se supo que Uwe estaba vivo pero había perdido totalmente la memoria. Ni siquiera sabía quién era. Un buen amigo le había reconocido y lo llevó hasta Iverdane, donde fue acogido por su familia. Para entonces, hacía tiempo que Elisa había terminado de llenar de hojas su arcón y, anegada de dolor, había encaminado sus pasos al lago. Fue durante la primera luna llena de otoño, en un frío lunes. Según se cuenta desapareció en las aguas heladas del lago justo en el lugar donde la luna toca la ribera.